Reflexiones - September 25, 2016

"...entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá". Lc. 16, 26

Hoy el Evangelio nos propone la parábola del rico y de Lázaro el pobre. Cabe destacar que Jesús les habla a los fariseos, hombres que creían en la vida eterna; y también le llamaban el "seno de Abraham", meta después de la muerte en la creen hoy todavía algunos hebreos piadosos; la descripción" de abajo" era el lugar que nosotros llamaríamos el infierno, soledad eterna, o tormento. Sin embargo, un cristiano bien formado sabe que el cielo nos es un "lugar”, después de nuestra partida de este mundo, es un estado de unión espiritual con Cristo, y la "Iglesia triunfante".

Yo siento que la Parábola que nos explica Jesús, es por un lado la ceguera que acompaña al rico que no tenía nombre. ¿En que consistía esa ceguera? Para mi es el pecado que nos des-humaniza. El pecado grave que nos hace romper nuestra relación con Dios, y con el hermano. Esa actitud de pecado debilita nuestra fuerza moral y nos hace injustos y ciegos y sobre todo nos insensibiliza haciéndonos vulnerables al proceder "según los criterios de la carne", y no según los criterios del Espíritu, y por supuesto esas actitudes nos quitan la paz interior.

Hace anos conocí a un joven que tenía negocios en diferentes países de la América Latina. Después de su conversión él me contaba que lo más doloroso que el recordaba antes de su encuentro con el Señor, era su insensibilidad que lo llevaba a decir como broma de muy mal gusto: "Dios les ha dado a mis empleados un estomago pequeño, así se pueden llenar con pocos alimentos, y gastar poco dinero". Recordando su pasado me repetía: Mi gran pecado era mi ceguera, que no me permitía percibir mi egoísmo y mi soledad. "Tenía de todo, pero me sentía muy solo, mi vida era un infierno". Hoy me doy cuenta después de mi conversión, del sufrimiento de aquellos hermanos, y por supuesto, hoy podemos trabajar juntos y comunicarnos mejor, de una forma justa y solidaria. Hoy puedo decir que trato de ver el rostro de Cristo en mis empleados, y ellos también en mis actitudes justas.

Pidamos al Señor en la Eucaristía, que nos abra los ojos para ver al pobre Lázaro, que puede ser el anciano que vive solo y nadie lo escucha, el enfermo, y el necesitado de una palabra de aliento y de esperanza, o la madre soltera que con sacrificio trata de sacar adelante su familia, y los jóvenes que buscan "al Dios vivo y verdadero, entre muchas ofertas de ídolos falsos, que no llenan su vacío existencial.

Esos son los Lazaros, en los cuales el Señor nos muestra su rostro todos los días, y que nos recibirán en su Reino, recuerda: Lo que hicisteis con uno de estos hermanos más pequeños y necesitados conmigo lo hicisteis". Mt. 25, 40.