Reflexiones - April 12, 2015

Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos. Jn.20, 22-23

Hoy Segundo domingo de Pascua la Iglesia celebra el domingo de la Divina Misericordia.

El Evangelio nos presenta a Cristo resucitado manifestándose y dándoles una encomienda durante cuarenta días, a sus queridos apóstoles.

Para Tomas será salir de sus miedos e incredulidades, porque Tomas se había ido de la comunidad, quizás por ser más inteligente que los demás pensó, que todo lo de la resurrección era un cuento. “Si yo no meto mis dedos en sus llagas no creo". Sin embargo fue en la comunidad orando en que encontró a Cristo vivo y resucitado, para más amarlo y servirle para la mayor gloria de Dios.

Es en la comunidad donde Cristo les envía con el poder del Espíritu Santo, a perdonar pecados. Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados les quedan perdonados... Jn. 20, 22. De la comunidad de nuestra santa madre la Iglesia surgen los ministros ordenados por el poder del Espíritu Santo, a llevar la gracia del perdón y la salvación a todos los hombres y mujeres arrepentidos de sus pecados.

Jesús se le aparece a los apóstoles encerrados y con miedo, y les muestra sus heridas, y les da la paz y se la ofrece gratuitamente a aquellos hermanos vulnerables, heridos, con miedos, y debilidades. Hay una enseñanza en la humildad de Jesús, al enseñar sus llagas, signo de nuestra redención. Quizás esta es una buena oportunidad para preguntarnos cuales son mis llagas, cuáles son mis límites. Porque para que podamos recibir el perdón a través de la confesión, yo tengo que reconocer que estoy herido por el pecado, hay muchas heridas en nuestra vida que necesitan ser sanadas, pero necesito dejar entrar la Divina Misericordia de Cristo en mi vida para que me sane, y pueda relacionarme mejor en mi comunidad, en mi familia, en mi trabajo.

Hoy el Cristo de la Divina Misericordia nos invita a reconciliarnos con nosotros mismos y con los hermanos a través de un buen examen de conciencia, y de la confesión. Te invito a que busques en la Internet el “examen de conciencia” de nuestro Papa Francisco. Vale la pena meditarlo y tratar de ponerlo en práctica en nuestra cotidianidad.