Reflexiones - Feb. 8, 2015

Se levantó Jesús de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Mc.1, 35

Después de haber sanado a la suegra de Pedro y de sanar a otros enfermos, Jesús antes de salir a predicar la Buena Noticia del Reino de Dios se retira para orar.

Jesús nos da una enseñanza que para encontrarse con uno mismo y con nuestro Padre, es necesario retirarse, y buscar el silencio, no solo exterior, sino interior, alejándote como Jesús de toda preocupación, y hasta apagar el interruptor de la mente, para abrazarnos al silencio de Dios, dejando a un lado el mundo de la extroversión, para purificarnos con la gracia de Dios de toda angustia y ansiedad, y de nuestras idolatrías, que no nos dejan escuchar lo que el Señor quiere manifestarnos, en nuestro vida familiar y comunitaria.

Jesús en ese encuentro con su Padre Dios, y en ese silencio, también oraba dando gracias por su ministerio, y también por las personas que se encontró y sanó, quizás pidiendo valor y energía para continuar su misión evangelizadora.

Mi vida de oración me tiene que hacer amar al hermano, también mi vida de oración me tiene que ayudar con la gracia de Cristo a vencer mis resentimientos, porque un cristiano resentido no puede amar al hermano, y menos servirlo.

Orar es abrirte al corazón de Jesús, manantial de agua viva, para que cada día estés más vivo y más abierto a su voluntad, que es el amor y la misericordia. Cuando vayas a la oración pídele a María que te lleve a su Hijo, y a Jesús que te lleve al Padre.

Cuando recibas la Eucaristía pídele al Señor que te ayude a descubrir en que forma puedes ayudar en la evangelización parroquial y perseverar, sin perder animo ante las contradicciones, como dice el Papa Francisco: “no se puede llevar la cruz de nuestra misión, sin pedirle al Señor, la virtud de la Esperanza".